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"Cuando empieza a amanecer"

Mañana, festejen uruguayos, festejen

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“Cuando empieza a amanecer y aclarar el horizonte y se empiece a divisar el negro perfil del monte, les estaré diciendo ‘festejen uruguayos, festejen’”. Este significativo fragmento del poema “Cuando empieza a amanecer”, del maestro, escritor y compositor olimareño Rubén Lena, inmortalizado por Los Olimareños, Santiago Chalar y el dúo Larbanois & Carrero, entre otros exponentes del canto popular, fue pronunciando por primera vez en un acto político por el expresidente de la República Tabaré Vázquez, durante la campaña electoral que culminó con el contundente triunfo del Frente Amplio en las urnas el domingo 31 de octubre 2004 y la ulterior instalación del primer gobierno de izquierda de nuestra historia.

Esa suerte de poética consigna es la que debe guiar desde mañana, sábado 1º de marzo, al pueblo frenteamplista, para sostener, desde las bases, al gobierno del flamante presidente de la República Yamandú Orsi, quien asumirá la primera magistratura con todas las formalidades que marca el protocolo y la tradición, aunque se trate de un hombre sencillo y de pueblo.

Para quienes somos y nos sentimos de izquierda, como una suerte de compromiso con las banderas de la libertad, la justicia social y la igualdad, este sábado tan especial tiene que ser un día de compromiso que no se debe agotar en el mero acto simbólico que nos convocará a todos, sino que deberá extenderse durante los próximos cinco años que marcarán la inauguración de un segundo ciclo progresista signado por nuevos desafíos y por la emergencia de implementar las transformaciones que requiere la sociedad uruguaya, que se expresó libérrimamente en las urnas.

A partir de mañana comienza otra historia con el entrañable docente de Historia canario y exintendente Yamandú Orsi al frente de la presidencia de la República, y con la vicepresidenta electa Carolina Cosse, exintendenta municipal de Montevideo, quien, cuando lideraba Antel, posibilitó que el país ensayara un monumental salto cualitativo en materia de conectividad y desarrollo de fibra óptica que nos situó a la vanguardia en materia de democratización del conocimiento a nivel regional.

Empero, la tarea de remontar la escarpada pendiente luego de la dolorosa derrota de 2019, y sin las tres figuras referentes que condujeron al país en los 15 años de gobiernos frenteamplistas, fue ardua y problemática, porque hubo que practicar una autocrítica constructiva sin pases de facturas.

El sueño se comenzó a fermentar el domingo 27 de octubre cuando, por sexta vez consecutiva, el Frente Amplio fue el partido político más votado y confirmó su hegemonía de los últimos 25 años. En efecto, los números no mienten: el FA aumentó su votación neta en cinco años de 949.376 votos a 1.071.706, habiendo incrementado su caudal electoral en 122.330 votos. Asimismo, no es menor haber sido el lema más votado en 12 de los 19 departamentos del país y obtener mayoría absoluta en el Senado (16 bancas) y 48 bancas en la Cámara Baja. Ese día, el Frente Amplio superó al Partido Nacional por más de 400.000 votos y al Partido Colorado por casi 700.000.

Por imperio de un sistema electoral absurdo y que debería ser reformado cuanto antes, el FA debió concurrir a un balotaje, luego de cosechar en octubre el 44 % de los votos totales y el 46 % de los sufragios válidos, superando por más de 17 puntos al Partido Nacional y por 27 puntos al Partido Colorado. Sin embargo, el 24 de noviembre confirmó su hegemonía con un contundente triunfo en segunda vuelta, en la cual obtuvo 1.212.833 sufragios, equivalentes al 52 % de los votos válidos, 93.000 más que el candidato derechista Álvaro Delgado.

Desde este sábado, que derramará esperanza sobre las almas de casi tres millones y medio de uruguayos, porque el gobierno que asume no es sólo el de los frenteamplistas sino el gobierno de todas y todos, se inicia una tarea que será titánica: reconstruir la pública felicidad de todas y de todos, como lo proclamaba el caudillo revolucionario José Gervasio Artigas. La pública felicidad de los uruguayos que tienen trabajo bien remunerado y no están tan sujetos a las volatilidades del mercado laboral y la de los trabajadores sumergidos que cobran menos de 25.000 pesos líquidos y, pese a su condición de ocupados, siguen sumidos en la pobreza, porque el trabajo dignifica, pero más aún dignifica el trabajo que permite a una familia alimentarse, tener un techo, vestirse y también satisfacer otras necesidades para nutrir el espíritu, como el pasatiempo y el acceso a la cultura.

A esos trabajadores de remuneraciones de indigencia, que figuran en las estadísticas oficiales como ocupados pero por sus menguados ingresos son casi subocupados y se limitan apenas a sobrevivir, el nuevo Gobierno debe atenderlos para comenzar a cerrar la escandalosa brecha social que los separa de la clase media que se sostiene con sus ingresos y de la élite privilegiada que detenta la mayor porción de la renta, porque se apropia de la plusvalía y nos parasita a todos desde hace casi dos siglos.

El nuevo Gobierno tendrá que ser también el de los jubilados que cobran la pasividad mínima, que suman más de 150.000, quienes deberán ser rescatados de su dramático ostracismo, porque se merecen vivir el último tramo de su ciclo vital con la dignidad que les negó el Gobierno saliente, el cual privilegió, durante cinco años, a sus amigos oligarcas en detrimento de las grandes mayorías nacionales.

Pero el Uruguay que se inicia mañana, sábado 1º de marzo, deberá ser también el Uruguay de los casi 360.000 compatriotas que sobreviven en condiciones paupérrimas bajo la línea de pobreza y de los miles —la cifra es incalculable por las arbitrarias mediciones del lacallismo que detenta el poder hasta hoy— que vegetan malamente en plena vía pública, padeciendo los rigores del demonio del hambre, pero también de la gélida intemperie del invierno y del agobiante calor del verano.

El Uruguay que se inicia mañana, un día que tiene que ser festivo, debe ser un Uruguay sin uruguayos a la intemperie, sin asesinados, sin niños baleados y sin corrupción estatal. Y cuando aludo a los uruguayos a la intemperie no sólo me refiero a quienes carecen de techo, sino a todos aquellos arbitrariamente postergados, que suman bastante más que lo que registra la estadística oficial. Son los relegados por la coalición multicolor que los condenó a la infelicidad, son las víctimas más castigadas por la pandemia, pero también las víctimas más castigadas por una derecha que se define como republicana y como liberal pero es todo lo contrario. Porque el vocablo república alude a todo lo público y a todo lo que sucede en la polis. Es decir, si una república no es cosmopolita y no integra a todos en igualdad de oportunidades, aun a aquellos migrantes que hoy enriquecen nuestro paisaje social, no es república. La república genuina es la de Platón, el eminente sabio de la Grecia antigua, que proclamó la necesidad de construir una sociedad ideal con sus singularidades, en la cual la mayor virtud sea la justicia.

Incluso, la derecha tampoco es liberal, porque su concepto de libertad está atado al ortodoxo dogma de la libertad de mercado y a la ausencia del Estado que conculca la libertad individual.

Más allá de que esta administración frenteamplista nace sin mayorías parlamentarias propias y con la premisa de construir consensos que le permitan aplicar su programa de gobierno sin ignorar al resto del espectro político, esta es la hora de las transformaciones profundas y contundentes para que ningún uruguayo quede atrás.

Es la hora de gobernar con sabiduría, sensibilidad social y transparencia, y también de soñar, pero sin perder el músculo militante que le permita al Frente Amplio seguir sintonizando cotidianamente con las demandas de la sociedad, particularmente con los uruguayos más desfavorecidos, que son los que más requieren respuestas urgentes e impostergables.

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