¿Cómo se lleva con las críticas de quienes dicen que los sindicalistas no quieren trabajar?
-En mi caso, esa crítica es doble, porque además de sindicalista soy funcionario público (risas). Pero, más allá de la broma, ser trabajador de UTE es un orgullo porque lo vivimos como una vocación. Dar luz es una vocación para nosotros. Por ejemplo, durante la pandemia, mientras la mayoría de la gente estaba encerrada, nosotros teníamos que salir a trabajar. Los servicios no podían detenerse. Tuvimos que organizar turnos, buscar soluciones en las comisiones centrales de seguridad con UTE para garantizar la continuidad del trabajo. No se trataba de ver cómo no trabajábamos para cuidarnos, sino de encontrar la forma de seguir adelante. En cuanto a la militancia sindical, también siento orgullo de ser dirigente de AUTE, no solo por la historia del sindicato, sino por lo que hacemos. Durante la pandemia —aunque en UTE nadie perdió el trabajo ni sufrió recortes salariales— decidimos organizar una olla popular en el sindicato. El 99,9 % de los trabajadores de UTE no pasaban hambre ni habían quedado desempleados, pero entendimos que ese era el momento de dar una mano. Porque más allá de nuestros problemas, había gente que lo estaba necesitando.
¿Por qué cree que una parte de la población insiste en esa categorización?
-Porque estamos muy estigmatizados. Hay una campaña fuerte contra los sindicatos en general, pero especialmente contra los sindicatos del sector público y los funcionarios públicos. Esta estigmatización se debe a dos factores principales. Primero, porque hoy existe un terreno fértil para que esas ideas se propaguen. No es algo nuevo, pero en este contexto escala con más facilidad. La solidaridad ha quedado en un segundo plano. Cada vez menos gente se pregunta qué puede hacer por el otro. Y segundo, porque las hegemonías se construyen y se imponen. El pensamiento hegemónico no es lo que opina toda la gente, sino lo que la clase más poderosa quiere que pensemos. Nos dicen cómo debemos vivir y qué debemos desear. Por ejemplo, muchos sueñan con ser como Luis Suárez: tener un auto lujoso, vivir en Miami. Pero no todos van a ser como él. Aun así, nos inculcan la idea de que el éxito se mide por la riqueza y los bienes materiales. Lo mismo sucede con el pensamiento político e ideológico: nos imponen qué creer. La realidad es que la mayoría de los trabajadores se benefician de los sindicatos, aunque algunos repitan que no sirven. ¿Por qué? Porque la agenda mediática dominante impone esa idea. Pero basta con mirar la historia: el aguinaldo, la licencia, el derecho al descanso, la jornada de 8 horas, el seguro de enfermedad, la cobertura en tiempos de poco trabajo. Todo eso se logró gracias a los sindicatos.
Entonces, ¿cómo es posible que un trabajador repita que el sindicato no le sirve?
-Bueno, eso es resultado de una hegemonía cultural que nos quieren hacer creer que ha ganado la izquierda, cuando en realidad la derecha es la que lleva ventaja en esa batalla. Y lo hace con un objetivo claro: debilitar a los sindicatos, porque saben que somos el último dique de contención para la clase trabajadora y el pueblo uruguayo ante cualquier arremetida. Los que tienen el poder económico y mediático son los que imponen su discurso, y muchas veces, el resto de la sociedad no tiene voz. Nosotros, como sindicato, intentamos combatir esa estigmatización con acciones concretas. Algunas con más éxito, otras con menos. Pero ahí están: la olla popular, las brigadas solidarias, las campañas sobre la tarifa. Siempre buscamos marcar la diferencia, más allá de la imagen que quieran imponernos.
¿Hay espacio para la autocrítica dentro del sindicato?
-Los sindicatos también cometemos errores, eso es una realidad. No es que el sindicalismo sea perfecto. A veces hay cosas que habría que decir y no se dicen, quizás porque la crítica viene de ciertos sectores y eso genera resistencia. Pero eso no significa que no debamos revisar lo que hacemos. Es cierto que cometemos equivocaciones, tanto en AUTE como en el PIT-CNT. Y a veces, un pequeño error puede opacar todo lo bueno que se hace, como si un granito de arena tapara toda la playa.
¿Qué balance hace AUTE de estos cinco años de coalición, del estado en que quedan UTE, las empresas públicas y el país en general?
-Desde el punto de vista de la clase trabajadora y del pueblo uruguayo, el balance es nefasto. En cambio, para los sectores más ricos, para los “malla oro”, fue un gobierno muy beneficioso. Lacalle Pou dijo desde el primer día que gobernaría para ellos y cumplió. Se implementó una política de leyes, decretos y regulaciones orientadas a favorecer a los sectores más poderosos, en algunos casos con nombres y apellidos, sin tapujos. El resultado es un país más desigual. No porque haya faltado dinero, sino porque se distribuyó mal. En estos cinco años, Uruguay tuvo récord de exportaciones y de ahorros en cuentas en el exterior, incluso durante la pandemia. Sin embargo, pese a esa acumulación de riqueza, aumentó la pobreza, se deterioraron los salarios y se amplió el déficit fiscal. El Gobierno gastó más de lo que ingresó, incrementó la deuda, pero sin fortalecer políticas sociales.
Los datos hablan por sí solos: 550.000 trabajadores ganan menos de 25.000 pesos. 300.000 trabajadores están en la informalidad. Más de 150.000 jubilados perciben la jubilación mínima. Aumentó la pobreza infantil y se perdieron derechos laborales con la LUC y la reforma jubilatoria, que expropió cinco años de vida y redujo las jubilaciones.
En cuanto a las empresas públicas, la política de recortes fue constante. Se eliminaron vacantes, se redujo la calidad de los servicios y se debilitó el rol social del Estado. En UTE, ANTEL, OSE y ASSE se aplicaron medidas que afectaron a los sectores más vulnerables, mientras se beneficiaba a los grandes empresarios. Casos como el de Conexión Ganadera, con pérdidas de 300 millones de dólares, muestran cómo el Estado se achica para los sectores populares, pero sigue sirviendo a los poderosos. Este Gobierno debilitó el Estado en áreas clave como salud, educación y energía, pero fortaleció su rol en exoneraciones fiscales y subsidios para los más ricos. Se usaron organismos públicos como trampolín político y se aplicaron medidas que precarizaron los servicios esenciales.
¿Qué expectativas tiene sobre el nuevo gobierno?
-Es un gobierno con muchas tensiones. El gabinete refleja esa tensión: en el Ministerio de Trabajo está Juan Castillo, con un perfil sindical y de izquierda, y en el Ministerio de Economía, Gabriel Oddone, con un enfoque empresarial. Eso nos da señales de cómo será la gestión: conciliadora, con intentos de balancear los intereses de distintos sectores.
¿Se terminó el modelo de la desigualdad?
-No necesariamente. El progresismo tiene límites, como lo hemos analizado en el PIT-CNT. Hay expectativas con el nuevo gobierno, pero sabemos que no va a refundar todo ni a continuar con lo más nefasto del gobierno anterior. Será un gobierno de centro, buscando equilibrar las demandas del sector empresarial y del movimiento sindical. El cambio de tono ya es evidente. Hoy, si hay un conflicto, el ministro Castillo se hace presente inmediatamente. Esa es una diferencia enorme con la gestión anterior. No es lo mismo militar en un gobierno de derecha que en uno progresista. El desafío del movimiento sindical será mantener su independencia y presionar para que las políticas favorezcan a la clase trabajadora. Hay que impulsar un diálogo nacional por la seguridad social para bajar la edad de jubilación, fortalecer las empresas públicas y desarrollar una matriz productiva más soberana.
No podemos seguir en ciclos de crisis que dependen del precio de los commodities o de factores externos como guerras o conflictos geopolíticos. Uruguay necesita una estrategia nacional de desarrollo que le permita estabilidad y autonomía frente a estas fluctuaciones del capitalismo global.
Cuando se den escenarios de tensión, ¿el PIT-CNT saldrá a las calles?
-Sí, sin dudas el movimiento sindical va a estar en la calle. Ya hay señales claras de esto. Apenas se conoció el resultado electoral, algunos compañeros nos comentaban que en sectores donde el sindicalismo depende mucho del contexto económico se crearon 20 sindicatos nuevos. Esto significa que muchos trabajadores sienten que pueden organizarse sin temor a represalias, sin el miedo a ser despedidos por afiliarse. Es cierto que en el gobierno anterior fue muy difícil convocar grandes movilizaciones. Aun así, el movimiento sindical fue el único que resistió en las calles. En plena pandemia salimos a juntar firmas contra la LUC y organizamos ollas populares. La Mesa Sindical Coordinadora de Entes realizó tres movilizaciones a la Torre Ejecutiva en 2020 y 2021. Apoyamos luchas como la de Soofrica en el interior, que logramos ganar. También nos movilizamos contra la reforma jubilatoria, aunque con dificultades para generar gran adhesión. El problema es que la derecha tiene herramientas tecnológicas muy poderosas. Hoy los algoritmos pueden desmovilizar o destruir una causa en minutos. Controlan las redes y las usan para influir en la opinión pública, lo que hizo que costara mucho generar conciencia sobre la magnitud del ajuste que estábamos viviendo.
¿Cómo se imagina este nuevo período más allá de las definiciones estratégicas del Congreso?
-Creo que será un tiempo de fortalecimiento sindical, de consolidar herramientas populares y de mantener el contacto con los trabajadores. Tenemos que aprender de nuestros propios errores en los anteriores gobiernos progresistas. En ese sentido, creo que vamos por buen camino. La experiencia del plebiscito dejó una base importante de articulación, tanto dentro del PIT-CNT como con otros movimientos sociales. El desafío es claro: el movimiento sindical debe mantenerse independiente y marcar agenda. No podemos permitir que el sindicalismo quede subordinado al gobierno, aunque éste sea mejor que el anterior. Debemos evitar el disciplinamiento, porque sería nefasto para la lucha de los trabajadores. Si hay proyectos positivos, los apoyaremos. Si hay proyectos perjudiciales, los enfrentaremos. Y por supuesto, tenemos una oportunidad ineludible de salir unidos del Congreso, porque lo que más necesitamos es un movimiento sindical fuerte, que hable por sí mismo y que pueda articular con el resto del movimiento popular.
¿Cómo transita AUTE su 76° aniversario?
-En este momento, como todos los sindicatos, estamos enfocados en fortalecer nuestra organización. Y eso implica varios aspectos. Primero, necesitamos gente. Fortalecer el sindicato significa sumar compañeros y compañeras, y en ese sentido, estamos apostando al recambio generacional. Queremos que los jóvenes de 20 o 25 años, muchos de los cuales llegan sin experiencia previa o en su primer trabajo, se apropien de la herramienta sindical. También trabajamos para integrar a mujeres, disidencias y otros colectivos que históricamente han tenido menor participación, lo cual no es fácil. En UTE solo el 25 % de los trabajadores son mujeres, porque la electricidad sigue siendo un rubro muy masculinizado. Por eso, estamos impulsando campañas de afiliación y fortalecimiento sindical, además de iniciativas específicas para estos sectores.
Otro eje clave es evitar caer en una lógica corporativa. AUTE nunca ha sido un sindicato corporativo, pero no podemos bajar la guardia. Nuestros compañeros y compañeras disfrutan hoy de estabilidad laboral, buenos sueldos y condiciones dignas gracias a décadas de lucha. Todas las conquistas logradas por AUTE suman un 30 % por encima del sueldo base. Pero si alguien entra hoy y tiene todo eso sin haber peleado por ello, el desafío es hacerle entender que estas mejoras fueron producto de luchas colectivas y que, sin lucha, se pueden perder.
También estamos priorizando la formación sindical. La mayoría de los nuevos compañeros no tienen experiencia en militancia, y en un sindicato grande como AUTE. Es fundamental que quienes se suman tengan información y herramientas para participar activamente.
En cuanto a la comunicación, estamos desarrollando un proyecto propio que no solo nos servirá internamente, sino que queremos poner a disposición de otras organizaciones sindicales, sociales y barriales. Contamos con un espacio equipado donde cualquier colectivo puede venir a grabar programas para YouTube, hacer transmisiones en vivo o producir contenidos audiovisuales, y lo hacemos sin cobrar nada.
A nivel programático, seguimos trabajando en estrategias a largo plazo, porque la energía no se planifica de un día para el otro. Por eso, aprovechamos el conocimiento de nuestros compañeros en planificación, comercialización y generación de energía para fortalecer las propuestas del sindicato. Estamos abordando temas como tarifas, hidrógeno verde y el Decreto 242, que privatiza la energía. Además, este año vamos a impulsar un Diálogo Nacional por el Derecho a la Energía, con la idea de ampliar el debate más allá de AUTE y FANCAP. Queremos que participen organizaciones sociales y usuarios, y que esto dé lugar a un movimiento ciudadano por la energía, similar a lo que ocurre con el movimiento de usuarios de la salud.
Por último, seguimos con nuestro compromiso con la memoria histórica y los derechos humanos. El año pasado, en el marco de los 75 años de AUTE, comenzamos una investigación sobre la historia de nuestras compañeras militantes, y este año continuaremos con las trabajadoras de Arroyo Seco, un barrio clave para UTE, donde se encuentran el Palacio de la Luz y la Central Batlle. Queremos rescatar la memoria de las pioneras y de los distintos colectivos que han sido parte de nuestra historia sindical.